Crisis de pánico

Ataques de pánico


Un ataque de pánico o crisis de angustia es un corto, pero desagradable, periodo de tiempo en el que la persona sufre una elevada ansiedad y un fuerte miedo asociado a síntomas fisiológicos muy intensos (taquicardia, hiperventilación, temblores, mareo, angustia, ahogo, problemas de visión, sensación de irrealidad y de locura…).

Casi todos los síntomas fisiológicos experimentados son los mismos que se sufren a causa de la ansiedad, pero durante un ataque de pánico se intensifican hasta un grado tan álgido que la persona puede tener sensación de muerte inminente.

¿Cuándo surge una crisis de pánico?

Dichas crisis suelen surgir de manera súbita y repentina, sin que exista ninguna causa que justifique tan extrema reacción. De hecho, a veces pueden ocurrir cuando la persona se siente más tranquila, sin problemas inmediatos o sin nada concreto que afrontar. Ello ocasiona aún más miedo, puesto que afloran pensamientos angustiosos: “Si esto ocurre sin motivo externo puede ser síntoma de que voy a sufrir un ataque cardiaco, de que me estoy volviendo loco, etc”.

Estas reflexiones incrementan la ansiedad puesto que, como ya se explicó en el artículo dedicado a la misma, todas las reacciones físicas de la ansiedad nos preparan para afrontar un peligro. Cuanto más nos sintamos en peligro más intensa será la señal de alerta a nuestro sistema nervioso y más se incrementará la respuesta fisiológica para “ponernos a salvo”.

Del mismo modo, el hecho de que estas crisis surjan de manera súbita sin causa externa provoca posteriormente otra serie de pensamientos “lógicos” que nos instauran el miedo “si ha llegado sin causa aparente puede ocurrir en cualquier momento, sin poderlo predecir ni prevenir”. Esto da lugar al sentimiento de ansiedad anticipatoria, el denominado miedo al miedo.

¿Cuanto duran?

Aunque las crisis son cortas (aproximadamente 10–15 minutos) se sufre tanto que el tiempo de angustia parece mucho más largo y una vez pasado empieza el temor a su repetición, pudiendo generar trastorno de ansiedad generalizada y agorafobia (miedo a los espacios abiertos, a salir a la calle en general).

¿Por qué se desencadena una crisis de pánico?

La aparición repentina de las crisis de pánico, en momentos de aparente tranquilidad, suelen deberse a que la persona que los padece ha estado tiempo atrás sometida a algún estado de exigencia psicológica en el que su sistema de alerta ha estado funcionando perfectamente. Por ejemplo periodos de exámenes importantes. El cuerpo genera la ansiedad necesaria para desempeñar dicha función y por así decirlo, estamos “usando” nuestra respuesta al estrés. En el momento en que paramos la actividad de golpe, cuando las demandas del medio cesan y no hay nada que afrontar, toda esa respuesta al estrés que se ha puesto en marcha se hace sentir fuertemente.

A veces también surge como respuesta fisiológica natural por estrés cotidiano y por la ansiedad que subyace en la mayoría de los humanos de nuestra sociedad.

¿Es grave un ataque de pánico?

A pesar de que es una vivencia muy desagradable es completamente inocua, no tiene más riesgo que el malestar psicológico momentáneo. El problema es que el intenso sufrimiento que ocasiona puede dar lugar a otros trastornos, precisamente por el miedo a esos minutos y por los intentos de luchar contra ello. Siendo las respuestas más frecuentes soluciones intentadas que provocan la aparición de otros problemas.

Como cualquier ser humano ante una situación aversiva se intenta evitar o predecir la crisis ante lo cual las conductas realizadas muchas veces empeoran la situación. A grandes rasgos se llevan a cabo estas tres reacciones con sus consiguientes repercusiones:

  1. Evitación de las situaciones en las que hemos vivido el pánico. Evitamos el malestar inmediato pero estamos generando el caldo de cultivo para un trastorno fóbico, el más frecuente la agorafobia.
  2. Atención excesiva a cualquier síntomas fisiológicos. Nos creamos la falsa ilusión de capacidad de control y prevención “cuanto antes me de cuenta antes lo soluciono” sin embargo lo que conseguimos al centrarnos sobre nuestra sintomatología física es acentuarla o percibir señales, que siendo inocuas, las interpretamos como peligrosas disparando entonces la señal de alarma.
  3. Intención forzada y voluntaria de estar tranquilos en todo momento. Con esta conducta, debido a la intención paradójica podemos conseguir aumentar nuestro nerviosismo, además reforzamos la idea de que “estar nerviosos” es horrible de modo que incrementamos el miedo al miedo.

Algunos consejos y datos a tener en cuenta

Las crisis de pánico son momentos de sufrimiento intenso, pero es importante que, a pesar de que los percibamos como un estado extremadamente grave, sepamos que son completamente inocuos. Cesan al cabo de unos minutos y su mayor peligro es la interpretación psicológica que hacemos de ellos.

Simplemente son una respuesta defensiva como producto de una adecuada evolución humana, pero desbordada en esos momentos (ver artículo sobre la ansiedad).

Nuestro miedo a ese propio estado y nuestra interpretación del mismo es una de las partes más angustiosas y que más acentúan la respuesta somática, por ello, saber que no es peligroso para nuestra salud y que pasará es un importante paso para mitigarlos.

Las respuestas de evitación no suelen ayudar, por ello es importante tratar de afrontar las situaciones temidas con normalidad. Se que es fácil decirlo pero en la práctica el sufrimiento y el temor a veces excede nuestra voluntad, no obstante, en la medida de lo posible, se debe procurar hacer vida normal. Que el ataque puntual no nos paralice.

Acudir a un especialista a tiempo es una buena forma de atajar en pánico, adquirir estrategias adecuadas que nos ayuden a afrontar estos estados y sobre todo a que no se cronifiquen o desemboquen en otros problemas.

A pesar de que la ansiedad es una condición humana natural y universal, cada caso es único y el terapeuta orientará las estrategias a sus necesidades concretas.


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