Agalmatofilia

Agalmatofilia


El nombre “agalmatofilia” designa una atracción que, si bien puede parecer extraña o infrecuente, ha sido reflejada a lo largo de los siglos a través de la literatura. Nos encontramos ante una de las filias más artísticas y poéticas.

Si nos remontamos a los orígenes etimológicos del término “agalmata” encontramos que el “agalma”, usado en la poesía épica, hacía referencia en la antigua Grecia a todo objeto de interés estético que produce complacencia. Los agalmas despertaban admiración y solían ser concebidos como ofrendas a dioses o como objetos de intercambio de gran valor entre hombres poderosos.

En este sentido la agalmatofilia sería sinónimo de fetichismo, es decir, sentir excitación sexual ante un objeto determinado. No obstante, el término agalmata evolucionó hasta referirse a objetos que adornan, y más concretamente a estatuas. Por ello, aunque la agalmatofilia podría considerarse un tipo de fetichismo, se define específicamente como atracción hacia estatuas y similares.

Dentro de esta filia el abanico es amplio, encontrando que el interés erótico va desde estatuas, figuras ornamentales de todo tipo, hasta maniquíes, pasando por las gárgolas, para las cuales existe una tipología poco usual denominada “gargolafilia”.

Los subtipos más frecuentes son los referentes a maniquíes y estatuas, y el deseo que provocan suele deberse a diversas causas, con matices diferentes entre ambas categorías.

Por un lado, en el caso de las estatuas la belleza artística de la obra de arte en sí puede provocar un placer estético que desemboque en excitación. Concretamente respecto a estatuas antropomorfas, la perfección de rasgos, la belleza de las facciones o la armonía física ya suponen de por sí un atractivo para el agalmatofílico, a lo que cabe añadir las cualidades psíquicas seductoras que el observador atribuye a la obra. La admiración ante la figura que encarna un ideal de perfección puede exaltar el deseo y llegar a la obsesión.

En esta línea la atracción hacia las estatuas y la relación hombre-estatua parece una constante humana universal reflejada en la literatura occidental. El mito de Pigmalión, rey de Chipre que esculpió a Galatea de la cual se enamora y a la que Afrodita otorga vida, es el más conocido y versionado. De hecho, entre la agalmatofilia se encuentra también el “pigmalionismo” que consiste en sentirse seducido por una obra de creación propia.

Aparte del mito de Pigmalión y Galatea encontramos más referencias literarias como la leyenda “El beso” de Bécquer, en la que un soldado Francés se enamora y besa la estatua yacente de la esposa de un guerrero. “La muerte de la emperatriz de China” de Rubén Darío, cuyo protagonista se embelesa con el exótico busto de porcelana de la emperatriz de China, regalo de un amigo, suscitando unos terribles celos en su esposa. Henry James también plasmó esta curiosa filia en su relato “The last of the Valerii” en la que un conde se enamora de la estatua de Juno, desenterrada de la villa por su joven mujer, la cual también sufrirá por la fascinación de su marido ante la escultura. O, de tono mucho más trágico, “La Vénus d´Ille” de Mérimée, donde la admiración de una Vénus por parte del protagonista tiene terribles consecuencias para el hijo de este.

La relación entre las estatuas y el sentimiento de lo siniestro está presente en este relato como puede estarlo en la psique de muchos de los agalmatofílicos. La mezcla de belleza fría, enigmática, de un objeto de adoración, unido al realismo en las formas de algo inanimado que, por unos segundos, puede parecernos real, provoca una emoción de atracción y temor que oscila entre lo sublime y lo siniestro.

Otro ejemplo literario representativo del concepto de lo siniestro lo encontramos en el cuento de Hoffman “Nathanel y el hombre de arena”, aunque en este caso el protagonista se enamora de una muñeca que, en principio, cree viva.

El caso de Nathanel está más relacionado con el de la atracción a los maniquíes y muñecas muy humanizadas. El cual puede asemejarse a la atracción por las estatuas pero esta vez alejándonos de la marmórea belleza de las estatuas, por lo que encontramos un componente más realista y más natural desde un punto de vista biológico. Es decir, la persona se siente atraída por un modelo de belleza, que esta vez simula a la perfección un ser humano. En muchos casos creado, precisamente, para llamar la atención y resultar sexualmente atractivos, como ciertos maniquís de algunas tiendas.
En estos casos, como en la película Mannequin, la sugestión mental sobre la posibilidad de que cobre vida desempeña un importante papel, así como la fantasía y el juego psicológico sobre las expresiones o posibles poses eróticas de estos elementos inanimados.

El profesor Avenarius de “La inmortalidad”, ejemplifica esta sexualización de los maniquíes, en un divertido y agalmotofílico extracto que no me resisto a compartir:

El profesor Avenarius bajó por la Avenue du Maine, dejó a un lado la estación de Montparnasse y, como no tenía prisa, decidió dar un paseo por los almacenes Lafayette. En el departamento de señoras lo miraban por todas partes los maniquíes femeninos vestidos a la última moda. A Avenarius le gustaba su compañía. Las que más le gustaban eran las figuras inmóviles de mujeres como paralizadas en algún movimiento alocado, sus bocas abiertas de par en par no expresaban risa (la comisura de los labios no se abría a lo ancho) sino susto. El profesor Avenarius se imaginaba que todas aquellas mujeres paralizadas habían visto en aquel preciso momento su miembro magníficamente enhiesto, que no sólo era enorme, sino que se diferenciaba de los demás miembros porque terminaba en una pequeña cabeza de diablo con cuernos. Además de las que manifestaban su admirativo terror, había también otros maniquíes cuyas bocas no estaban abiertas sino sólo entreabiertas, con los labios fruncidos; parecían un pequeño círculo rojo y grueso con un pequeño agujero en medio, por el que en cualquier momento pudieran sacar la lengua e invitar al profesor Avenarius a darles un beso sensual. Y había además un tercer grupo de maniquíes, cuyos labios dibujaban en el rostro de cera una sonrisa soñadora. Por sus ojos semicerrados se hacía evidente que estaban en aquel preciso momento saboreando el silencioso y prolongado placer del coito.

La magnífica sexualidad que los maniquíes expandían por la atmósfera como ondas de radiación atómica, no encontraba respuesta en nadie; entre las mercancías expuestas paseaban personas cansadas, grises, aburridas, irritadas y totalmente asexuadas; sólo el profesor Avenarius se paseaba feliz por allí, con la sensación de orquestar una gigantesca cama redonda

La inmortalidad, Milan Kundera

Por último podemos encontrarnos con la atracción que provocan otro tipos de maniquíes. Aquellos que carecen de pelo y rostro. Meros cuerpos con formas humanas desprovistos de toda identidad o individualidad. En estos casos la representación del cuerpo humano desnudo, inmóvil y anónimo simboliza una pasividad excitante para el agalmatofílico.

Como podemos observar, sea cual sea su matiz se trata de una interesante filia con diversos trasfondos psicológicos que ya fueron percibidos hace siglos por los poetas griegos y que han seguido plasmandose, de un modo u otro, hasta la actualidad.

Una “decorativa y artística” filia completamente inocua, nada patológica y profundamente literaria.


Psicología Puertollano, Ciudad Real


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4 pensamientos en “Agalmatofilia”

  1. Excelente artículo. Aplaudo la exposición de referencias desde un amplio espectro, que argumentan cada una de las variantes que presentas. Además la busqueda de su raiz etimologíca me parece que aporta mucho sentido. Leyendolo he encontrado una conexión entre la vida que un autor le otorga a un personaje y la vida que se le puede otorgar a una figura, hasta el punto ambos dos, de hacerlo real o de provocar excitación. Enhorabuena por este texto.

  2. Pingback: Cıvata

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