Fobia a comer por miedo a atragantarse

El miedo a atragantarse durante la ingesta de alimentos, o incluso líquidos, es un problema doblemente angustioso. La persona que lo padece tiene pánico a morir atragantada; el pánico es tan intenso y desagradable que para tratar de minimizarlo aparecen las conductas de evitación, es decir no comer, y en el peor de los casos no beber. De esta forma, al miedo inicial, se le une un miedo secundario: el miedo a enfermar o morir como consecuencia de no poderse alimentar correctamente.

Aunque esta fobia puede estar presente en adultos es más común en niños. En estos casos nos encontramos, además, con la comprensible desesperación de los padres.

Existen dos causas principales que pueden desencadenar este problema. La más frecuente, especialmente entre niños, es un episodio de atragantamiento anterior, casi siempre leve.

Al atragantarse, aunque haya sido ligeramente, tanto el menor como su entorno pasan unos minutos de tensión; le darán en la espalda, le preguntarán si puede respirar, e incluso en algunos casos se recurre a la maniobra de Heimlich.

La propia experiencia de atragantamiento ya es desagradable en sí misma, si a ello añadimos que el niño o la niña ha percibido preocupación y tensión en su entorno, es más que razonable que el recuerdo de dicho percance sea completamente ansiógeno y el miedo a que pueda repetirse llegue a convertirse en auténtica fobia. Incluso los “atragantamientos” más leves pueden ser desencadenantes de esta fobia ya que niños y niñas escuchan desde muy pequeños que deben tener cuidado al comer porque se pueden atragantar o asfixiar, por lo que desde pronto lo relacionan con algo peligroso.  

En otras palabras, tras esa experiencia piensan que si ha pasado una vez puede volver a pasar y que si en la siguiente hay menos suerte pueden morir; ante esta reflexión optan por evitar la situación como forma de protegerse de esa posible muerte y también como forma de no afrontar la ansiedad que les supone volver a comer. En este punto hay menores que únicamente rechazan alimentos similares a aquel con el que se atragantaron, otros rechazan sólidos y deciden comer solamente cosas trituradas o muy blandas e incluso pueden sentir temor con los triturados y los líquidos en cuyo caso disminuyen preocupantemente la ingesta de agua.

La otra causa que provoca este miedo a atragantarse es una sensación psicosomática producto de fuertes estados de ansiedad. La típica expresión “tener un nudo en la garganta” hace referencia a ello. La persona que lo padece suele describir una imposibilidad para tragar, especialmente saliva y en muchos casos también aseguran notar un cuerpo extraño. Esta sensación está muy relacionada con el denominado globo histérico y, aunque la explicación es más extensa, se debe básicamente a la tensión física y a los patrones de respiración que provoca la ansiedad.

En lo que concierne a esta segunda causa, menos frecuente como causa primaria en niños, los resultados posteriores son similares: la sensación es tan desagradable, que la niña o niño piensan que si comen se ahogarán ya que para ellos “no cabe ni su propia saliva”, también pueden pensar que la comida comenzará a acumularse ahí, ya que “el cuerpo extraño” hace de tapón y que terminará asfixiándose o “teniendo que vomitar todo lo acumulado en la garganta”. Por tanto, de igual manera evitan ingerir alimentos.

Cabe señalar que ambas causas pueden aparecer juntas en un caso de miedo al atragantamiento. Normalmente la primera causa descrita (mala experiencia con un atragantamiento) suele ser el factor primario desencadenante, pero la ansiedad que genera podría, a su vez, somatizarse y provocar esa sensación de nudo en la garganta, que mantiene y agudiza el miedo.

Las conductas de evitación, por tanto, son las mismas en cualquier caso: rechazo, en mayor o menor medida, a comer, lo cual da lugar a que la hora de la comida, merienda o cena se convierta en una tortura para los pequeños y también para los padres. Muchos menores comenzarán a dar muestras de fuerte ansiedad justo cuando se acerque la hora de comer. Se negarán, llorarán, etc. En el mejor de los casos comerán algo, pero poco y muy lentamente, atenazados por el miedo. La lógica preocupación de los padres por si la salud de sus hijos se ve afectada por no comer lo necesario les llevará a insistir para que coman, aumentando la tensión del menor y por tanto su sensación de nudo en la garganta y su miedo a atorarse.

Es decir, insistir o presionar, especialmente si lo hacemos dando muestras de desesperación o enfado, solamente servirá para perpetuar el círculo vicioso de ansiedad y evitación. Obviamente, es completamente comprensible esta actitud en los padres pero en la medida de lo posible es fundamental mantener la calma y no presionar. Intentemos empatizar con el pequeño, él o ella no eligen voluntariamente sentir miedo, ni escogen sentirse incapaces de saborear su plato preferido. No es una cuestión voluntaria ni racional, por lo que insistir para que coman a la fuerza no tiene sentido.

Ciertamente, como cualquier fobia, la fobia a comer por miedo a atragantarse se supera con exposición, es decir, comiendo, pero debemos hacer que esa exposición sea gradual y no forzada. Darle al menor el tiempo que necesite para masticar cuidadosamente antes de tragar y no obsesionarnos si la cantidad de comida es poca; puede hacer más tomas a lo largo del día conforme vaya sintiendo hambre. En cualquier caso, especialmente si el miedo y la evitación continúan pasados un par de días, es totalmente recomendable acudir a un especialista que ayude tanto a la familia como al menor a resolver esta fobia tan angustiosa.


Psicología Puertollano, Ciudad Real

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