TROILISMO Y CANDAULISMO: FILIAS DE LEYENDA

Cuenta la leyenda que el príncipe troyano Troilo, hijo menor del rey Príamo, se enamoró intensamente de Crésida (o Criseida) hija del sacerdote troyano Calcas. Ambos se amaron apasionadamente inmersos en el ambiente bélico de la Guerra de Troya. Sin embargo, el traidor Calcas se pasa al bando enemigo y su hija Crésida se ve obligada a trasladarse al campamento griego. Ante tal separación la joven jura fidelidad a su amante Troilo, aunque una vez alejada de él es seducida por el guerrero griego Diomedes con el que también mantiene relaciones sexuales. Troilo, sin saber muy bien lo que le espera, se traslada para intentar verla, ya que la echa profundamente de menos, pero al llegar Ulises le descubre la historia obligándole a contemplar la escena de sexo con Diomedes. 

Posiblemente de esta leyenda, recogida por Shakespeare en su obra “Troilo y Cŕesida” proceda el nombre de la parafilia denominada Troilismo. Dicha parafilia consiste principalmente en lograr la excitación y placer sexual mediante la contemplación pasiva de la pareja manteniendo sexo con otra persona. Ahora bien, en ciertos casos el nombre también puede usarse para referirse al sexo, o a la observación de comportamientos sexuales, con más de una persona, es decir tríos u orgías, es por ello que según otras teorías, mucho menos poéticas, el troilismo procede de la palabra francesa “trois”, es decir “tres”. 

Como en todas las parafilias encontramos un amplio espectro de grados y matices que van desde diversas fantasías eróticas, a la realización de estos actos con la propia pareja, en los cuales también hay variedad de conductas y escenarios. En gran medida esta parafilia puede enmarcarse en contextos bdsm, concretamente en juegos de dominación y sumisión, donde la persona desea someterse a la humillación de ver a su pareja disfrutando con un tercero mientras se mantiene al margen. En estos casos al placer de ser sometido se une la excitación visual de la propia escena sexual.

Relacionada con esta parafilia encontramos la otra versión de un hecho similar: el candaulismo. Si en la anterior parafilia nuestro protagonista era el joven Troilo que se vio obligado a ver la infidelidad de su amante, en esta tenemos a Candaules, rey de Lidia. 

Según el relato de Heródoto, Candaules estaba obsesivamente enamorado de su esposa, era tal la admiración que sentía por ella que no cesaba de alabar sus virtudes con sus cortesanos, en especial ante Giges que era el más cercano. Pero claro, la mayoría de dichas virtudes solamente eran apreciables en la intimidad de la alcoba, cuando la reina desnudaba su sensual cuerpo. Como nadie accedía a verla podían pensar que exageraba o que sus palabras eran, sencillamente, fruto de la ceguera del amor. ¿Cómo cerciorarse de que Giges le creyese?, muy fácil: permitiendo que observara con sus propios ojos el erotismo que desprendía su esposa. Así pues, una noche, escondió a Giges en la habitación de la reina asegurándole una buena vista. Giges pudo deleitarse con la escena sin saber, ni él ni Candaules, que la reina se había percatado de lo ocurrido. Ella guardó silencio hasta el día siguiente en el cual mandó llamar a Giges a escondidas de su esposo para plantearle dos opciones. Puesto que él había cometido el delito de ver su cuerpo en la intimidad, con el consentimiento del rey, solamente había dos posibles soluciones para paliar esa deshonra: o mataba al rey y ocupaba su puesto, o se suicidaba él mismo. Imaginaos qué fue del incauto Candaules…

Siguiendo la leyenda podemos intuir fácilmente en lo que consiste el candaulismo. Se trata de una parafilia en la que la persona desea exhibir íntimamente a su pareja en mayor o menor medida, ya que, nuevamente, la gama de fantasías y actos enmarcados en esta práctica erótica son diversos. 

Como siempre, es preciso destacar que ninguna parafilia constituye una “patología” si no genera malestar, daño o peligro para la persona o para sus compañeros sexuales y si se lleva a cabo con el acuerdo y complicidad de ambos. Ni que decir tiene que el candaulismo sin consentimiento sería claramente un delito. Ahora bien, como práctica consensuada se trata de una manifestación más de la amatoria. 

En la amplia gama de variantes que presenta podemos encontrar juegos sexuales en los que se “ofrece” sexualmente a la pareja en contextos de tríos o bdsm, hasta formas más “leves” como realizar fotografías sensuales con la idea de que sean vistas por terceros. Es más, a pequeña escala podemos encontrar ciertos matices de candaulismo bastante extendidos, por ejemplo cuando nos enorgullece, hasta provocar cierto placer erótico, que el atractivo de nuestra pareja (tanto físico como intelectual) sea admirado.

Incluso en la vertiente trolista encontramos personas que en algún momento se han excitado al imaginar a su pareja teniendo sexo en otras relaciones, o cuando la escucha narrar dichas experiencias. Y es que, como siempre decimos, todos somos un poco parafílicos. 

Íntimamente enlazadas al candaulismo y al troilismo encontramos otras parafilias como el voyeurismo y el exhibicionismo. El deleite voyeurista de asistir a la escena erótica se manifiesta en el observador, mientras que la pareja siente el placer exhibicionista de la mirada sobre su cuerpo. Ahora bien, aunque esta diferencia es clara en el troilismo no lo es tanto en el candaulismo, ya que el observador también puede presentar rasgos exhibicionistas sintiendo la excitación de exponer a su pareja como una parte de sí mismo. 

A su vez, como señalábamos al describir el trolismo, estas parafilias suelen enmarcarse en un contexto bdsm o al menos poseer ciertos matices de dominación / sumisión. En este sentido, a pesar del parecido entre troilismo y candualismo, encontramos una clara diferencia, totalmente identificable atendiendo a las leyendas que dan origen a sus nombres. El pobre Troilo era un sujeto pasivo que se ve relativamente obligado a contemplar una escena dolorosa. Mientras que Candaules toma la decisión él mismo para satisfacer su ego, siendo la reina el sujeto pasivo y expuesto. En el troilismo el placer se intensifica con la sumisión, mientras que en el candaulismo predomina la dominación

Por otro lado, aunque como cualquier preferencia sexual puede darse tanto en hombres como en mujeres de cualquier orientación sexual, el troilismo y el candaulismo suelen ser más frecuentes en hombres heterosexuales. De hecho, si preguntamos a hombres y mujeres como vivirían la versión más leve del troilismo, es decir, imaginar a tu pareja con otra persona o escuchar sus experiencias pasadas, las reacciones entre ambos suelen ser muy diferentes. MIentras que algunos hombres, independientemente de sentir celos o no, pueden experimentar excitación y un aumento del deseo, las mujeres tienden a expresar sentimientos de rechazo al cuerpo de su pareja, pérdida de deseo sexual e incluso de asco, lo cual tiene una clara repercusión en terapia al abordar el sexo tras una infidelidad.

Estas diferentes reacciones entre ambos sexos podrían encontrar su correlato fisiológico en una teoría evolutiva basada en la competencia del esperma. Teniendo en cuenta el proceso competitivo entre espermatozoides esta teoría, estudiada entre otros por Todd. K Shackelford, sugiere que ante una “amenaza” externa aumentará la cantidad y calidad del esperma. Así pues, para un hombre, la idea de que su pareja tenga sexo con otro hombre dispararía mecanismos fisiológicos dirigidos a competir sexualmente (aumento del deseo, aumento de cantidad y calidad del esperma y mayor frecuencia de relaciones sexuales). No obstante, por muy interesantes que resulten estas teorías e investigaciones, nuestras preferencias y deseos sexuales trascienden lo puramente fisiológico. Erotismo y cultura se forjan mutuamente y están tan íntimamente unidos que en casi toda creación humana podemos encontrar algún reflejo de nuestra extensa amatoria. 

Blanca Torres

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