Ansiedad por la vuelta al cole
Cada septiembre, con el comienzo de las clases, aumentan las consultas de padres preocupados por sus hijos: el niño que llora en la puerta del colegio y se agarra a la pierna, el que se queja de dolor de tripa cada mañana justo antes de salir de casa, o el adolescente que no pega ojo la noche anterior al primer día de instituto. En ocasiones, especialmente cuando no se trata del primer año, esta preocupación va unida a cierto desconcierto, ya que, tal y como expresan, “si el año pasado iba contento”, “si incluso se puso triste al despedirse de los compañeros en verano”. Justo esa aparente incongruencia suele ser la señal de que no hay ningún problema y lo que les pasa a estos peques y adolescentes es tan normal que sería raro que no ocurriese.
Pero entonces… ¿a qué puede deberse esta ansiedad que aparece en septiembre?
Como comentaba en el artículo sobre la ansiedad, la ansiedad es una respuesta de nuestro organismo ante lo que interpreta como una amenaza. Y para cualquier ser humano lo desconocido (aun sabiendo racionalmente que no es un peligro) representa una amenaza, nos pone en guardia. En los temas escolares se dan varias novedades: un profesor que no conoce, una clase nueva, compañeros que no sabe si le van a aceptar, tareas que no sabe si va a saber hacer.
A ello hay que sumar el cambio brusco de vida. Durante dos meses el pequeño ha dormido hasta que se despertaba, ha pasado el día con sus padres o con otros familiares, ha jugado sin horarios… De un día para otro toca madrugar, separarse de la familia durante horas, estar sentado, obedecer normas y rendir. Si a cualquiera de nosotros nos cambiasen de horarios, de trabajo, de jefe y de compañeros cada septiembre, también tendríamos ansiedad (de hecho, algunos aspectos del denominado “síndrome posvacacional” guardan cierta similitud con el malestar de niños y adolescentes al volver a clase).
A la aparición de la ansiedad como consecuencia del cambio brusco y de la incertidumbre cabe añadir que en cada edad y en cada etapa surgen miedos escolares específicos.
Entre los más pequeñitos, los que empiezan Educación Infantil con tres años, lo que predomina es el miedo a separarse de los padres, la ansiedad por separación. Es un miedo evolutivamente normal, incluso necesario hasta cierto momento, tal como expliqué en el artículo sobre las bajas por nacimiento, y que en muchos niños se mantiene, con altibajos, hasta los cuatro o cinco años. En estos casos es clave e imprescindible un buen periodo de adaptación y un buen proceso de vinculación con docentes y escuela. Para profundizar en ello os sugiero escuchar y leer a Laura Estremera.
Posteriormente, en Primaria, el miedo se desplaza hacia el propio colegio y aquí, de manera muy general, podríamos separar entre miedos sociales y académicos, aunque muchas veces se retroalimentan entre sí.
Entre los sociales encontramos: nuevos compañeros, no saber cómo retomar la conversación o juego con los antiguos compañeros después de no verlos durante el verano, caer bien a alumnos, no caer bien al nuevo profesor, no tener con quién jugar en el recreo, que se rían de él… Todas estas ideas anticipatorias, al principio, son relativamente normales, y más aún si el cambio es al instituto, no solamente por lo que representa el salto, también por el valor que el grupo social va adquiriendo a estas edades. No obstante, si se mantienen o si realmente observamos que al menor le cuesta hacer amigos o que efectivamente está solo, debemos actuar rápidamente: podemos estar ante un caso de ansiedad social, donde la misma timidez o nerviosismo le impiden relacionarse, o ante un problema de acoso escolar, y sería fundamental actuar lo antes posible.
Entre los miedos académicos, muchos niños manifiestan ansiedad ante las pruebas iniciales de nivel, expresan que parece que en verano se les han olvidado cosas y, especialmente conforme aumentan los cursos, sienten miedo a no rendir, no sacar buenas notas, hacerlo mal y ser criticados por ello, ser los que peor nota sacan en un examen, etc. Tal y como mencionamos antes, esto es normal, especialmente al principio. Personalmente, creo que ciertos aspectos del sistema educativo favorecen la competición, la cual está en la base de muchos de estos miedos académicos.
(¿Rendiríamos más con modelos menos competitivos, tal y como sugiere, entre otros, Marcelo Tedesco? Posiblemente abordaremos este tema en algún momento, pero, de momento, en el apartado de recomendaciones mi sugerencia está en línea con esta idea).
Por lo que podemos ver de lo expuesto hasta ahora, los tres momentos más delicados suelen ser el inicio de Infantil, el paso a Primaria y el salto al instituto. Pero cualquier curso puede costar, sobre todo si ha habido un cambio de colegio, una separación de los padres, una mudanza o un mal año anterior.
¿Qué señales nos indican que nuestros hijos están sintiendo esta ansiedad?
Muchas veces, especialmente los más pequeñitos, no expresan verbalmente su ansiedad, por lo que debemos leerla en su cuerpo. Así, encontramos diferentes somatizaciones:
- Quejas físicas, especialmente por las mañanas: dolor de tripa, dolor de cabeza, náuseas, incluso vómitos. Aparecen antes de salir de casa, desaparecen el fin de semana y el pediatra no encuentra nada. Ojo: aunque el pediatra no encuentre nada y desaparezcan en fin de semana, no se lo está inventando. Como hemos hablado otras veces, si el organismo se prepara para un peligro, la digestión le sobra, y de ahí el dolor de tripa y la falta de apetito.
- Problemas de sueño: le cuesta dormirse, se despierta por la noche o vuelve a pedir dormir con los padres cuando hacía años que no lo hacía (ver artículo sobre el miedo y los problemas de sueño).
- Cambios emocionales y conductuales: llanto, enfados y “rabietas” al vestirse, en el coche o en la puerta del colegio.
- Regresiones: los más pequeños pueden volver a hacerse pis, querer el chupete, hablar como un bebé.
- Irritabilidad y cansancio al volver a casa, con enfados que no vienen a cuento. Ha pasado el día aguantando y es en casa, donde se siente seguro, donde lo suelta.
- Tristeza y ansiedad el domingo. Muchos niños, y muchos adultos, empiezan a estar mal el domingo después de comer.
- Preguntas repetidas: “¿vas a venir a recogerme?”, “¿y si no sé hacerlo?”, “¿y si la seño se enfada?”. La ansiedad siempre genera, tanto a nivel cognitivo como conductual, esos “Y si…”.
Los adolescentes también presentan algunos de estos síntomas, especialmente las somatizaciones y cambios emocionales y conductuales. Aunque no nos pregunten directamente, es muy probable que su pensamiento también se llene de “Y sis”. Muchas veces se encierran en la habitación, están de mal humor, dicen “paso de ir” o dejan actividades que antes les gustaban.
¿En qué momento o ante qué señales debemos preocuparnos?
Lo normal es que estas señales aparezcan los primeros días y vayan desapareciendo a lo largo de dos o tres semanas, conforme el niño comprueba que el colegio es un sitio previsible, retoma sus amistades, juega, conoce a los nuevos docentes y va estableciendo un vínculo. Los pequeños de tres años pueden necesitar algo más de tiempo, y es habitual que tras un puente o unas vacaciones vuelva a costar un poco.
Ahora bien, conviene consultar cuando:
- Pasadas cuatro semanas, el malestar sigue igual o va a peor.
- El niño se niega a entrar y no hay manera de que lo haga, o empieza a faltar días.
- Los síntomas físicos son intensos y diarios, o deja de comer o de dormir.
- Evita también el resto de situaciones sociales: cumpleaños, extraescolares, quedar con amigos.
- Como mencionamos antes, si realmente no es capaz de establecer vínculos, juega solo, se siente aislado.
- La ansiedad ha aparecido de golpe en un niño que iba contento. En estos casos hay que buscar qué ha pasado, y con frecuencia detrás hay un problema con un compañero o con un profesor, o incluso un caso de acoso escolar.
¿Qué no hacer?
Dejar de llevarle “hasta que se le pase”. Es lo más tentador y lo más contraproducente. La ansiedad se mantiene precisamente por la evitación: cada día que el niño no va confirma que el colegio era peligroso, y al día siguiente cuesta el doble. Salvo que haya una causa concreta que resolver primero, como un problema de acoso, el niño tiene que ir todos los días.
Regañarle por llorar o por tener miedo, o compararle con otros menores de su edad.
No mentir ni escaparse. Decirle que no le vamos a dejar y luego irnos, o marcharnos aprovechando que se ha distraído, ahorra un llanto hoy y crea un problema mucho mayor mañana. Si no puede fiarse de nosotros, tendrá motivos para no querer separarse.
Hablar mal del colegio o del profesor delante de él.
Sobreproteger. Por ejemplo, pedir excepciones que no necesita o recogerle antes “por si acaso” le transmitirán la sensación de que no puede solo.
¿Qué hacer?
En primer lugar, entender que no lo hace para fastidiar. El niño no elige tener miedo, igual que no elige tener fiebre. No nos está retando ni nos está manipulando. Lo pasa mal, y enfadarnos solo añade más tensión. Es cierto que como padres puede ser complicado no desesperarnos ante algunas de estas conductas, o que la extrañeza que nos produzca que deje de estar malito en fin de semana, por ejemplo, nos lleve a pensar que está fingiendo y nos desespere más. No obstante, para evitar nuestra propia frustración es importante tener claro que no lo inventa: somatizamos más cuando la ansiedad sube, y suele ser antes de afrontar aquello que tememos. Por otro lado, tener presente que ni el miedo ni ninguna emoción es una elección consciente también nos ayudará a relajarnos.
En relación con esto último, es importante validar su emoción, algo imprescindible siempre. “Es normal que te dé un poco de miedo, es nuevo” funciona mucho mejor que “no pasa nada” o que “no seas tonto, si es muy divertido”. Con lo primero se siente entendido, apoyado, lo que aporta calma y ayuda a rebajar la ansiedad. Con lo segundo se siente solo con su miedo, y encima ridículo. Tampoco conviene irse al otro extremo y convertir el cole en un tema del que se habla a todas horas con cara de preocupación.
Reducir la incertidumbre. Lo que asusta es no saber. Ayuda mucho que sepa quién le va a llevar, quién le va a recoger y a qué hora, cómo se llama su profesora, dónde está su clase, con quién va a comer. Si el colegio es nuevo, visitarlo antes. Con los pequeños, hablar de ello con un cuento o jugando “a los coles” con los muñecos.
Recuperar rutinas. Horarios de sueño y de comidas de colegio unos días antes de empezar, y si ya hemos empezado, ahora. Sin pantallas al menos una hora antes de dormir. Un niño que ha dormido bien aguanta mucho mejor la mañana.
Cumplir lo que decimos. Si decimos que vamos a recogerle a las cuatro, a las cuatro. Cada vez que se cumple, el niño aprende que puede fiarse, y ese aprendizaje es lo que quita el miedo.
No entrar en el bucle de las preguntas. Ante el “¿vas a venir a por mí?” contestamos una vez, con calma y con datos concretos. La vez número diez ya no la contestamos con más explicaciones, sino con un “eso ya lo sabes, ¿a qué hora te dije?”. Responder cien veces no calma, alimenta la ansiedad.
Por otro lado, también es recomendable que nosotros mismos no preguntemos en exceso, y menos justo cuando salen del colegio. Al salir, mejor una merienda y un rato de parque que un interrogatorio. Muchos niños cuentan lo que ha pasado en el cole horas después, jugando o en la cama, cuando ya no les preguntamos.
También puede ser de gran ayuda, cuando aparezca el tema del cole o antes de ir por la mañana, cambiar el foco y hacer “el reto de la amabilidad”: pedirle a nuestro peque que haga algo amable por alguien (y luego nos lo cuente) y que se fije en quien o quienes hacen algo amable por él. Incluimos todos los pequeños gestos (sonreír, abrazarse al verse, una caricia de la profe en el pelo, recoger un lápiz caído, explicar un ejercicio, ayudar con los deberes, invitar a jugar a quien está más retraído, decir un cumplido sincero…), todo lo que se nos ocurra. Esto ayudará a centrarse en el lado más agradable del colegio: el compañerismo, el afecto, el juego. Le hace estar atento a ese tipo de interacciones y normalmente desplaza la ansiedad.
Cuando se trata de adolescentes, es fundamental escuchar más y aconsejar menos. Frases como “eso no es nada” o “a tu edad yo…” cierran la puerta. Debemos mostrar interés por sus gustos y aficiones sin juicios y respetar su espacio.
A su vez, puesto que en ocasiones muchos de los miedos tienen que ver con la competitividad y con la ansiedad ante las notas de los exámenes, yo recomendaría no centrarnos nunca en las notas. Desde que los peques comienzan a aprender, es preferible hacer hincapié en el propio proceso de aprendizaje, en el placer de descubrir, y no en un número de una prueba concreta. Antes de preparar un examen, es preferible preguntarle si le resulta interesante, comentarle qué es lo que más nos gusta a nosotros de ese tema o preguntarle qué es lo que más le gusta a él, en vez de “¿te lo sabes ya?”. Una vez hecho el examen, es mejor preguntar “¿te lo has pasado bien haciéndolo?” o “¿han salido preguntas interesantes?”, en vez de “¿se te ha dado bien o mal?”. Y, por supuesto, cuando traigan las notas, no preguntar nunca por las notas de los compañeros.
Con los adolescentes puede ser algo más complicado, porque en muchos casos la nota será fundamental para acceder a la carrera que quieran, pero igualmente es preferible poner el foco en el proceso de aprendizaje que en la nota.
Por último, la comunicación y colaboración con el colegio es fundamental. Profesores y tutores nos pueden decir cómo está el niño cuando nosotros no le vemos, que muchas veces es bastante mejor de lo que imaginamos, y se puede acordar con el centro alguna medida para las primeras semanas: entrar un poco antes que el resto, tener un compañero de referencia o un rincón tranquilo.
Ansiedad por la vuelta al cole, de Blanca Torres Cazallas, se publica con licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.
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